En búsqueda del miedo

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Existen un número incontable de narrativas que buscan asustarnos. Los cuentos de los hermanos Grimm, el infierno, el cuco, las historias de fogata y todas las películas de horror. Ya sea para nuestra edificación, entretenimiento o subyugación, estas narrativas encuentran a su audiencia y fascinan a muchos. 

Tengo que admitir que el horror me fascina. Busco historias que me aterroricen o por lo menos que me incomoden. Me gusta caminar por el pasillo oscuro de mi casa después de ver una película particularmente efectiva y preocuparme por lo que pueda habitar la oscuridad. H. P. Lovecraft, Stephen King, Junji Ito, Robert E. Howard son algunos de mis autores favoritos. Crecí en los 80, la época dorada de las películas de horror. La primera película que vi en el cine fue Gremlins. Entiendo de forma muy personal las ganas de  buscar el miedo, por lo quizás se puede dudar de mi aseveración de que hay muchas personas que comparten mi fascinación.

Sin embargo, las películas de horror son el género más rentable de todos. El retorno de inversión es la clave. Debido a que ofuscar efectos en la oscuridad es una técnica válida, el mercadeo de boca en boca  es viable y la tolerancia de la audiencia para valores de producción flojos es alta, las películas de horror tienen un nivel de inversión bajo en comparación con otros géneros. He aquí algunos enlaces sobre la rentabilidad del género:

Profitability of Horror Movies by Ayush Manjunath.

Horror Movies Make More Profit – Here’s Why by Michael Kennedy.

Horror Movies Cost Very Little to Make and They Make a LOT of Money by Alex Huntsberger.

Ok, muchos de nosotros queremos estar asustados, pero ¿por qué? 

Si me permiten ofrecer una hipótesis, diría que se debe a lo distante que vivimos del miedo verdadero. Muchos de nosotros no experimentamos el miedo mortal. Ciertamente todos los millennials conocen íntimamente el miedo existencial, habiendo heredado todas las consecuencias del neoliberalismo, la crisis climática, la disparidad económica más marcada en la historia, una pandemia global, etc. Pero, ¿el miedo mortal? ¿El miedo de morir en los próximos minutos? No. Los afortunados que vivimos cobijados por la ley y la tecnología no experimentamos este tipo de miedo comúnmente. 

Sin embargo, podemos cucar a la parca cual si fuera un animal de zoológico a través de nuestras pantallas. Podemos tener miedo del asesino, el vampiro o el zombi con la promesa de que todo acabará pronto y sin daño alguno. Al igual que una montaña rusa, podemos experimentar una sensación ajena a la cotidianidad que permea nuestra existencia y probar el dulce sabor de una vida recién arrebatada de las fauces de la muerte sin en realidad arriesgar el pellejo. El terror se ha convertido, debido al poder que tenemos sobre nuestro ambiente, en un lujo del primer mundo. En fin, una narrativa de horror es una pequeña aventura con garantía de retorno. ¿Qué experiencia puede ser más catártica que esa?

La explotación del terror

‘El miedo mata la mente.’

Proverbio Bene-Gesserit, de Dune, por Frank Herbert

Foto cortesía de Pixabay

En nuestras profundidades, dentro del tuétano donde residen las verdades secretas, todos sabemos que los monstruos son reales.

Al principio son esas criaturas que nos acosan de niños: el cuco, el monstruo debajo de la cama, la vecina que es bruja o el payaso malo. Pocos monstruos alcanzan a evocar un terror tan puro como los que residen en el corazoncito de un niño asustado. Pero al crecer dejamos estos tormentos atrás junto con nuestros juguetes y declaramos al mundo que somos adultos y no les tenemos miedo a las «cosas inventadas».

Sin embargo, al suscribirnos al consenso de la realidad que nuestra sociedad propone, nuevos monstruos comienzan a crecer en los recovecos de nuestra psique: el invasor nocturno que viene a robar, el candidato que va a arruinar al país, el sigiloso tumor, los inmigrantes, las deudas. Muchos de estos comienzan como preocupaciones legítimas, pero al ser recalcados incesantemente por los medios poco a poco acaparan nuestra capacidad de preocuparnos para comenzar a rayar en la ansiedad y luego, el miedo. Cuando dan fruto estos nuevos monstruos “reales” en las mentes más, – um-, “fértiles”, se convierten en implacables voceros del apocalipsis frente a los cuales no hay resguardo ni recurso.

Por más manufacturados o reales que puedan ser los monstruos que nos acechan, cuando nos topamos con ellos en la oscuridad volvemos a ser niños aterrorizados. En este patético estado abrazamos nuestro peluche, apretamos el crucifijo, decimos la oración, cerramos los ojos, porque hacer nada es intolerable. La razón que cultivamos a través de los años nos abandona y una vez más no nos atrevemos a prender la luz, a examinar de cerca. El terror aniquila la característica que ha sido responsable del desarrollo humano: la curiosidad. 

Este colapso del pensamiento crítico y la desesperación que lo acompaña es la razón por la que los demagogos que buscan controlarnos siempre comienzan cultivando nuestros miedos. Describen con lujo de detalle cómo vamos a perder nuestros bienes, nuestros seres queridos, nuestras libertades, ¡e incluso la vida misma! Para inmediatamente detallar el talismán que va a prevenir toda esta calamidad: un voto, una crema, una donación, nuestro servicio, nuestra complicidad. En realidad, estos talismanes siempre son un precio, algo que debemos intercambiar por el sosiego y resguardo de un tormento cultivado por el mismo mercader que los ofrece. Dame una parte de ti, dicen los que controlan a las masas, y te mantendré a salvo del cuco. 

No es necesario mirar lejos para ver ejemplos de esta táctica de manipulación. Nos rodea todos los días. Es precisamente por la omnipresencia de esta retórica, dirigida a criar monstruos en nuestras mentes y despojarnos del pensamiento crítico, que nos incumbe el entender los miedos legítimos que engendran a los monstruos que habitan nuestros relatos desde el principio de la civilización. Lo que aprendamos en esta interesante gestión podría ayudarnos a reconocer al próximo charlatán que ande vendiendo balas de plata.